Jorge Altamira; “La Bolsa de São Paulo sufre las consecuencias de la derrota de la ultraderecha”

Luego del reconocimiento ritual al cuarto mandato ganado por Lula, la prensa internacional ha dedicado sus informaciones y comentarios al derrumbe de la Bolsa de São Paulo; a la devaluación del real y a las ventas de bonos del Tesoro brasileño, que se tradujeron en una suba a la tasa de interés y del llamado riesgo país. Las acciones de las empresas cotizantes cayeron un 17%, en promedio, y las del banco Pactual, por caso, más de un 25%. La conclusión preestablecida acerca de lo ocurrido es que la burguesía le habría bajado el pulgar al todavía no designado nuevo gobierno de Lula, por su supuesta política de gastos sociales y el poco margen que tiene para reducirlos. Los operadores del Bovespa habrían recibido con el mayor entusiasmo, en cambio, el Tesouraço prometido por Flavio Bolsonaro –la motosierra para el país vecino. Ahora, Lula debería recoger el ‘mensaje’ de los inversores y designar un ministro de Finanzas que ‘tranquilice’ a los mercados, para el que suena Gerardo Alckmin, el vicepresidente reelecto del Frente Brasil Popular. Para el Consejo Editorial del Financial Times, Lula debería reconstruir una coalición con la derecha que se diferencia del partido Liberal de Bolsonaro. En Brasil, sin embargo, las coaliciones no se edifican en base a programas políticos sino a un intercambio de prestaciones, de modo que acaban naufragando cuando más se las necesita.

Hay que advertir, por lo pronto, que el derrumbe bursátil no encierra los ‘mensajes’ que se le atribuyen, sino que es el resultado del fracaso las apuestas especulativas realizadas en la segunda vuelta electoral, que apuntaban a una valorización de acciones y bonos, porque descontaban la victoria de Bolsonaro junior. Como ocurrió lo contrario, los especuladores se han tenido que deshacer de los contratos de compra de futuros, para amortiguar las enormes pérdidas contraídas por esa desafortunada especulación. Ni el banco Ponctual ni el Do Brasil sufrieron daño alguno, sí lo sufrieron quienes se endeudaron para comprar a futuro las acciones de esos bancos y venderlas a un precio mayor con una victoria del pichón de fascista. Las declaraciones de Trump posteriores al comicio, de que no se habría metido en las elecciones brasileñas, solo podrían tener de cierto que no participó en ese mercado comprador; no habría puesto un dólar propio por Bolsonaro. El derrumbe del Bovespa no es entonces un golpe financiero contra Lula sino un golpe contra los especuladores de bolsa de parte de un resultado electoral desfavorable no advertido a tiempo. Como ha ocurrido profusamente en Argentina, bajo los gobiernos de Macri y de los Fernández (y, más atrás, bajo Alfonsín, o con el desplome de la convertibilidad), los perjudicados reclamarán compensaciones por los ‘daños colaterales’. Ha quedado expuesta la vulnerabilidad de la Bolsa de São Paulo al flujo del capital extranjero, aunque la inmensa mayoría de los inversores, en acciones y deuda pública, son nacionales y populares. El Bovespa, presentado como un vigilante de Lula, ha sido, en realidad, la segunda víctima de las elecciones del domingo 25 después de Flavio Bolsonaro y la corriente ‘miliciana’. La tutela bursátil de las finanzas y de la economía se está viniendo abajo por todo el desarrollo de la presente crisis mundial.

Los 50.000 millones de dólares a los que habría recurrido Lula en gasto social, en el segundo turno, como le reprochan los diarios financieros, no fueron tales, y fueron compartidos por el Congreso e incluso por Bolsonaro, que votó a favor, en el Senado, de la reducción de la semana laboral. Lula adelantó el pago de la Bolsa Familia, pero no modificó su alcance; sí alivió a los bancos, al reconocerles el derecho a cobrar el 10% de los préstamos que habían declarado como definitivamente perdidos. Brasil no tiene un déficit primario elevado, apenas el 1% del PBI; sí lo es cuando se computan los intereses de la deuda –lo que lleva el déficit fiscal a un 9%. Necesita aplazar o anular el pago de intereses, no cortar gastos sociales. Cuando Milei ya tiene un pie en el cadalso como resultado de una política deflacionaria, la recomendación para que la siga Brasil resulta suicida o, por lo menos, controvertida. La cuestión del gasto social, como ocurre con los salarios y las condiciones de trabajo, constituye un problema político de fuerza entre las clases –no está regida por un pseudodeterminismo economicista. Llegado a un determinado punto, plantea en forma directa una cuestión de poder.

La trayectoria política de Lula ha sido de un invariable compromiso con el capital. Llegó al gobierno por primera vez en 2003, luego de haber firmado el programa del FMI en su condición de candidato. Enseguida entregó el Banco Central a un hombre del Bank of Boston: Luis Meirelles, luego de un acuerdo en Punta del Este con William Rhodes, el jefe entonces del Citibank. Hasta la aparición de las inversiones de China, Brasil oficiaba como una sucursal de la banca norteamericana. Ahora tiene un conflicto de tarifas con Estados Unidos.

El Bovespa se atribuye la dirección política de Brasil, acompañado por un directorio libertario del Banco Central, y un comité de política monetaria, que ha convertido a Brasil en un esquema Ponzi gigantesco (ofrece pagar intereses elevados para poder cancelar deuda contraída). La deuda financiera y bancaria interna se encuentra entrelazada con la deuda pública, externa e interna. Lula se encuentra, como nunca, atenazado por el Bovespa, por un lado, y una masa imponente que tomó la decisión de dar vuelta la taba en la segunda vuelta, sin un compromiso con el gobierno del Frente Brasil Popular. Una parte del Bovespa descartó el apoyo a Bolsonaro hacia el final del segundo turno, como lo hizo la misma derecha, cuando Bolsonaro anunció una intervención del Poder Judicial y una reforma constitucional, que habrían desatado un conflicto social y político en toda la línea. El cuarto mandato de Lula será de una intensificación excepcional de la lucha de clases.

 

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