El vacío del poder y la sombra de la salida anticipada. Columna de opinión Cesar Malato

En los últimos dos años de un mandato, ser amigo del Presidente es una tontera; hay que ser amigo de la Constitución“. (César “Chacho” Jaroslavsky- UCR).

A diferencia de la previsión quirúrgica de la Enmienda 25 de la Constitución de Estados Unidos, que institucionaliza la duda sobre la aptitud Presidencial y obliga a procesarla, la Constitución de la Nación Argentina opta por el silencio y deja librado el problema a la intemperie de la política.

La historia reciente lo confirma: cuando la salud de Cristina Fernández de Kirchner quedó en el centro de la escena en 2013, el sistema respondió con licencias formales y delegación en el Vicepresidente, sin debate institucional sobre la capacidad de ejercicio; antes, durante el deterioro físico de Juan Domingo Perón en 1974, el poder se desplazó de hecho hacia su entorno y la entonces Vicepresidenta, en un proceso opaco y sin mecanismos de control claros. No hubo allí protocolos, sino improvisación; no hubo evaluación institucional, sino administración política de la fragilidad. En la Argentina, la incapacidad presidencial no se dictamina: se sobrelleva, se disimula o estalla. Y en ese vacío normativo, lo que debería ser un procedimiento transparente termina siendo, como tantas otras veces, una disputa de poder sin reglas explícitas.

A ese vacío se suma hoy un clima enrarecido por los cuestionamientos públicos sobre la estabilidad emocional y la conducta del presidente Javier Milei, amplificados por intervenciones erráticas, giros discursivos bruscos y una exposición permanente en redes que desdibuja los límites de la investidura. Sin un procedimiento institucional que encauce estas dudas —como sí prevé la Enmienda 25 de la Constitución de Estados Unidos por ejemplo —, la pregunta queda flotando en el terreno de la opinión y la disputa política: ¿está el Presidente en pleno uso de sus facultades para ejercer el cargo con la coherencia y templanza que exige la primera magistratura?

En la Argentina, donde la norma calla y la política ocupa ese silencio, incluso las dudas más delicadas se procesan sin reglas claras, a riesgo de que lo que debería dirimirse con criterios objetivos termine degradado en un intercambio de sospechas, lealtades y conveniencias.

Esa incertidumbre, lejos de quedar encapsulada en el plano de la especulación institucional, se derrama sobre el funcionamiento mismo de la democracia: agresiones verbales y simbólicas contra legisladores, judicialización y hostigamiento a periodistas, y una normalización inquietante de prácticas -como la salvaje represión a jubiladas y jubilados cada miércoles- que erosionan los contrapesos republicanos.

Mientras tanto, los otros poderes parecen oscilar entre la pasividad y la convalidación, como si el deterioro fuese parte del paisaje.
El resultado es un gobierno que proyecta debilidad hacia adentro —incapaz de dar respuestas consistentes a la crisis social y económica— y, al mismo tiempo, sobreactúa alineamientos hacia afuera que comprometen la tradición diplomática argentina, encolumnándose detrás de figuras como Benjamín Netanyahu y Donald Trump.

En ese doble movimiento, entre fragilidad interna y estridencia internacional, la calidad democrática se resiente y el país queda atrapado en una deriva donde el ruido sustituye a la política y la confrontación reemplaza a la búsqueda de soluciones.

Reconstrucción con autocrítica y horizonte

Pero si algo enseña esta deriva es también la urgencia de una revisión propia: quienes nos reconocemos en una tradición de desarrollo científico, industrial y productivo con distribución equitativa de la riqueza no podemos limitarnos a la denuncia ni a la nostalgia de ciclos mejores. Hubo errores, desconexiones con la vida cotidiana, burocratización de estructuras y respuestas tardías que también abonaron el terreno de este presente. La tarea, entonces, no es solo resistir sino reconstruir con otra densidad política: defender los recursos naturales estratégicos, recuperar capacidades del Estado, garantizar paritarias libres y volver a pensar la integración latinoamericana como horizonte concreto —ese que encarnaron, con sus matices, experiencias como las de Néstor Kirchner, Lula da Silva o Evo Morales— pero sin repetir fórmulas ni esquemas cerrados. Hace falta un frente político amplio, transversal, democrático, federal y feminista, capaz de formular un programa claro de reconstrucción nacional frente al experimento anarcolibertario en curso. No desde la épica vacía, sino desde la autocrítica honesta y la convicción de que todavía es posible ordenar prioridades, recuperar sentido y volver a poner a la Argentina de pie sobre bases más justas y sostenibles.

 

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