I´m sorry – Columna de Marcelo Sicoff

Es el sábado 23 de febrero de 1995. Estamos en Malasia, en la pileta del hotel Shangri-La de Kota Kinabalu. Bajo una sombrilla amarilla hay una pareja. Él lee una novela de Tom Clancy. Ella escucha música con los auriculares puestos y los ojos ocultos detrás de unos Ray-Ban oscuros. De pronto suena un celular y el hombre se sobresalta. Ella le aprieta la mano y le sonríe como si todavía hubiera alguna razón para mantener la calma. Él inspira hondo y vuelve a desparramarse sobre la reposera.

Ella se llama Lisa. Él es Nick Leeson. Y acaba de hacer quebrar al banco más poderoso del mundo.

Sir Francis Baring había fundado el banco en Londres en 1762. Durante dos siglos financió guerras, ferrocarriles, plantaciones y canales. En 1803 prestó el dinero para que los Estados Unidos le compraran Louisiana a Napoleón: técnicamente, los norteamericanos no le compraron Louisiana a Bonaparte, se la compraron a los Baring. También estuvieron detrás del primer gran empréstito argentino de 1824, esa deuda que la provincia de Buenos Aires tardaría casi ochenta años en pagar. Se rumoreaba que hasta la reina Isabel II había depositado allí parte de su fortuna. Baring Brothers & Co. no era un banco. Era un imperio.

Nick Leeson era hijo de un yesero. Había crecido en Watford, en una casa donde nadie sabía demasiado de bancos y donde veinte mil libras al año parecían una fortuna obscena. Sus amigos eran albañiles, electricistas, mecánicos. Todas las mañanas viajaba en tren hasta la City y se quedaba trabajando hasta las nueve de la noche. A esa hora llamaba a su padre para que lo pasara a buscar en auto.

El trabajo consistía en controlar operaciones, verificar contratos y corregir errores ajenos. Pasaba el día viendo cómo circulaban millones de dólares que nunca serían suyos. Nick enseguida entendió algo: la plata grande no estaba en los empleados prolijos de traje gris que hablaban en voz baja detrás de un escritorio. La plata grande la hacían los traders. Los tipos de chaqueta de colores que gritaban órdenes mientras hablaban por dos teléfonos al mismo tiempo. Nick quería ser uno de ellos. Fue a una entrevista. No lo tomaron. Ese día renunció a Morgan Stanley. Pocos días después entraba a trabajar en Baring Brothers & Co.

Ahí empezó ocupándose de problemas que nadie quería resolver: cuentas que no cerraban, operaciones desordenadas, errores capaces de hacer desaparecer millones en una tarde. Tenía paciencia, memoria y una capacidad casi obsesiva para encontrar fallas en sistemas que los demás apenas entendían. Primero lo mandaron a Yakarta. Nick tenía poco más de veinte años y de golpe estaba viviendo solo en Indonesia, manejando operaciones que movían cifras absurdas para alguien que hasta hacía poco volvía del trabajo en el auto de su padre. Entre los refuerzos que mandaron desde Londres venía una rubia de Kent llamada Lisa. Nick se enamoró apenas la vio.

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