Producir, explotar, consumir, desechar y contaminar. Por Ricardo Serruya

El gobierno nacional abre conflictos de manera permanente. Pareciera que no puede, no quiere o no sabe relacionarse con los demás si no lo hace bajo la dialéctica del amigo-enemigo o, lo que es peor: leales-traidores. Trabajadores, del Hospital Garrahan, científicos del Conicet, movimientos de mujeres o de diversidad sexual, diputados, senadores, gobernadores, empresarios, sindicalistas, personas en situación de discapacidad, suelen ser blanco permanente, no solo de críticas, sino también de agravios e insultos.

Entre muchos, los empresarios o las cooperativas textiles fueron –también- blanco de agravios y de discusión y, no se exagera, de ataque no solo verbal sino también laboral.

A principios de abril, el ministro de economía Luis Caputo, en una entrevista con el periodista Eduardo Feimann, dijo textualmente: “El caso de la industria textil es emblemático, ha sido protegida años con el cuento que hay 150 mil familias trabajadoras, pero hay 47 millones de argentinos que paga 2, 3 ó 10 veces lo que vale en el mundo, Esto perjudica a los que menos tienen” y remató “Yo no compro una ropa en la Argentina porque es un robo, los que tenemos posibilidad de viajar compramos afuera. A los que perjudica es a los que menos tienen

Independientemente que resulta extraño la comparación cuantitativa entre trabajadores textiles y el resto de la sociedad, aparece como muy poco creíble que una persona como Caputo, con su historia y trayectoria, se exprese preocupado por los que menos tienen, la comparación con los que puede viajar (como él) y comprar ropa afuera es a todas luces cínica.

No es el único, la ahora senadora Patricia Bulrich también en una entrevista mostró, con orgullo, un traje que compró en Estados Unidos por 50 dólares.

A esta muestra palpable de cinismo lingüístico se le suma lo expresado por “el deslomado” Jefe de Gabinete Adorni quién considera que no es justo que “los argentinos deban pagar 6 veces más un jean de lo que vale en otro lado” Y afirmó, descarada y mágicamente, que esta política no hace perder puestos de trabajo porque trabaja el importador y con el ahorro se reactivan muchos otros sectores.

Que la cuenten como quieran” suelen decir en la calle, lo cierto es que bajo la premisa que ellos bajan los precios, este tipo de importación sin control junto a la desprotección a la industria nacional, está arruinando a este y otros sectores.

Los industriales argumentan que, a la ropa que viene del exterior, le quitan impuestos mientras a la industria textil nacional se los suben y que así es imposible competir. Además es sabido que las materias primas y los costos laborales de países, como por ejemplo Bangladesch o China, son mucho más bajos que los que nacionales. Esta ecuación no permite una competencia justa.

Por esta razón, y por otras, en los últimos años, sea por falta de incentivos, por desprotección a la industria textil o por competencia desleal, hizo que hayan cerrado más de 500 empresas pertenecientes a la industria de la ropa y el calzado y se perdieran cerca de 20 mil puestos de trabajo. Lejos de lo afirmado por el gobierno nacional no hay registros ni que estas empresas se hayan reconvertido ni que los trabajadores hayan conseguido una nueva fuente de trabajo.

IMPLICANCIAS AMBIENTALES

Junto a esta terrible consecuencia laboral, esta política deja heridas en otras realidades.

La ambiental es una de ellas.

Un dato insoslayable es que, en general, la industria textil es la segunda actividad más contaminante, solo se encuentra precedida por la industria del petróleo. Esta afirmación surge a partir de datos muy concretos: es la responsable del 10% de las emisiones de dióxido de carbono lo que profundiza la crisis climática. Además utiliza cantidades abismales de agua y contamina cerca del 20% los cursos acuáticos del mundo. El 85% de los desechos termina en un basurero o quemados y cantidades exorbitantes de ropa que nunca fue usada es desechada en espacios naturales como, por ejemplo, el desierto de Atacama en Chile que lo han convertido en el basurero textil más grande del mundo.

Esta historia se remonta 15 años atrás cuando comenzó a utilizarse este desierto como un basurero mundial de ropa y calzados que sufren el abandono solo por haber quedado fuera de los parámetros que impone la moda.

Toneladas de vestimenta fabricadas en China, Vietnam, Balngladesch comienzan un viaje interminable pasando por Europa, los Estados Unidos y Asia antes de llegar al país trasandino latinomericano. Se sabe que empresarios chilenos viajan desde Santiago hasta Iquique, a 1800 kilómetros de distancia para comprar lotes de esta ropa que tendrán como destino la reventa o el contrabando hacia otros países del continente. Pero una gran cantidad de esta mercadería no es vendida ni contrabandeada. Se calcula que cerca de 40 mil toneladas acabaran en un vertedero ilegal ubicado en el desierto de Atacama y gran parte de ella, fabricada con poliéster, al estar en contacto con el sol, se prenderá fuego contaminando los sedimentos del desierto.

Otros tipos de contaminación indirecta por hechos como la trazabilidad (el circuito que la ropa genera entre quien la produce y quien finalmente la consume) también resulta importante. Cabe destacar que, por ejemplo, una camisera del Unión o de Colón que un apasionado tatengue o sabalero compra en la peatonal santafesina puede haber sido producida en la India o en Singapur. Esta realidad se repite con otros hinchas en cualquier ciudad del país.

La huella ambiental que deja el producto además de incomprensible es profunda contaminante.

ARGENTINA NUEVO BASURERO MUNDIAL

Lo que sucede desde hace tiempo en Chile ya está ocurriendo en nuestro país. Con la política llevada a cabo por este gobierno de importación sin control alguno, nos estamos transformando en el nuevo basurero textil del planeta.

La derogación de controles que restringía la importación indiscriminada basadas en razones de salud pública, higiene y defensa de la industria nacional genera este y otros tipos de inconvenientes impensados hace solo un par de años.

En el 2010 nuestro país prohibía la importación de indumentaria usada. En el año 2017 esa restricción fue ratificada y extendida hasta mayo de 2022. Al vencer ese plazo esa prohibición no fue renovada y el ingreso sin control y masivo volvió a habilitarse.

Esa desregulación que tanto se festeja desde las esferas del gobierno nacional, hizo que, solo el año pasado hayamos alcanzado el récord histórico de importaciones de ropa: más de 4 millones y medio de kilos de vestimenta y calzado proveniente del exterior ingresó a la Argentina. Un 19 mil por ciento más que en el 2024.

El 80% de esa mercadería es usada e ingresa por Jujuy, el 20% restante lo hace por Buenos Aires. La mayoría proviene de Chille, especialmente del desierto de Atacama. O sea no finaliza en el vertedero de ese país, ingresa al nuestro.

De toda la ropa que ingresa una parte es venda pero la que no finaliza como deshecho en algún basurero a cielo abierto.

RESPONSABILIDAD SOCIAL

Como hemos publicado en este sitio en más de una oportunidad las responsabilidades en los conflictos ambientales son por parte triple: Los estados, los empresarios y los ciudadanos. Obviamente se tratar de niveles cuantitativos distintos: los dos primeros grupos poseen mucha mayor responsabilidad que el tercero.

Pero los ciudadanos también podemos llevar adelante acciones. En este problema se puede, por ejemplo, inspeccionar antes de la compra la etiqueta que cada prenda lleva para conocer donde fue elaborada y no adquirir mercadería, por más económica que resulte, que provenga de lugares remotos, donde sabemos existe explotación laboral o que son fabricadas con materias primas altamente contaminantes como el plástico, el petróleo o las fibras sintéticas que tardan décadas en degradarse, liberan microplásticos a nuestro cuerpo y en el agua cuando es lavada contaminando, también suelos y cursos de agua.

Frenar un consumo desenfrenado que incitan las grandes empresas, darle una segunda oportunidad a prendas que pueden seguir siendo utilizadas es otra acción posible de implementar. El 95% de la ropa que se descarta podría reciclarse o re utilizarse. Si extendiéramos tan solo 9 meses a una ropa o calzado que todavía tiene cualidades para ser usada, reduciríamos entre un 20 y un 30% de las emisiones de carbono, el consumo de agua y la generación de recursos.

Es lo que se denomina “ciudadano responsable” porque como se dice habitualmente comprar es un acto político y el consumo es poder.

¿Estas acciones solucionan integralmente el problema?. Seguramente no. Las mayores responsabilidades se encuentran en manos de las empresas que fabrican ropa y calzado sobre una explotación laboral y social abismal imponiendo modas ridículas.

Junto a ellas están las responsabilidades de los estados que no controlan, no protegen, y permiten un combo explosivo conformado por importación descontrolada, explotación laboral, desprotección de la industria nacional y el trabajo de los ciudadanos y contaminación ambiental.

Si comprar es un acto político y el consumo es poder, fabricar es un hecho que necesita ser responsable y gobernar lo es aún más.

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