EL BRAZO TORPE DE LA LEY. Columna de Marcelo Sicoff

El tipo es sucio, grosero, homofóbico, fanfarrón, corrupto, racista, xenófobo, machista, desagradable, fascista, vulgar. Y sin embargo lo eligieron presidente.

Me refiero a José Luis Torrente, el personaje creado por Santiago Segura, que volvió a los cines españoles con el film Torrente Presidente.

Recuerdo haber visto la primera en Madrid, en un cine de la Gran Vía, rodeado de madrileños que se descostillaban de risa ante ese espejo de mugre y caspa que Segura les ponía enfrente. Lo que empezó como una parodia ácida del “arquetipo español” —ese residuo del franquismo que sobrevive a base de carajillo, palillo en la boca y una devoción mística por el Atlético de Madrid— terminó convirtiéndose en un espejo deformante donde toda una nación decidió, extrañamente, mirarse.

Pero la verdadera tragedia no es que Torrente sea presidente en la ficción, sino que la realidad se ha vuelto tan “torrentiana” que el chiste ya no tiene remate.

Me hace pensar en esa anécdota que se cuenta sobre Luis García Berlanga, el gran cronista de la España negra. Se dice que en sus últimos años, ya cansado de lidiar con la censura y luego con los mercados, Berlanga miraba la televisión y decía que la realidad le estaba robando los guiones.

“Ya no hace falta imaginar el horror”, decía, “solo hay que poner un micrófono en la fila del banco o en la barra de un bar”.

Torrente es el hijo no reconocido de esa mirada: un tipo que impone la torpeza como norma y confunde el desprecio con el carisma. En la nueva película, el paso a la política no es un salto al vacío, sino un reconocimiento de terreno. Torrente llega a la presidencia no porque haya cambiado, sino porque el mundo finalmente se puso a su altura.

El cine, con todo su artificio, nos permite mirar la barbarie desde un lugar seguro. Torrente Presidente no promete enseñar nada, pero nos señala con descaro lo que muchos líderes hacen sin que nos demos cuenta: imponer la torpeza como norma, confundir la estupidez con eficiencia, el desprecio con carisma.

Habrá quienes digan que Segura es un oportunista, que su cine es vulgar y que solo busca el aplauso fácil. Pero el cine es algo que funciona incluso cuando los proyectores se apagan. Lo que Segura pone en escena es la victoria del hombre mediocre que, a fuerza de insistir en sus vicios, termina siendo ungido por la multitud.

Es la misma risa nerviosa que provoca ver a un payaso patético dándose cuenta de que ya compró el circo.

Ahora, mientras esperaba que se apagaran las luces en ese cine de San Vicente del Raspeigt Joan, me preguntaba si nos estábamos riendo de Torrente o de nosotros mismos. Tal vez de las dos cosas al mismo tiempo; que es lo más doloroso y, por eso mismo, lo más cierto.

En esa penumbra, antes de los títulos, uno siente que la risa es apenas un gesto pequeño, casi infantil, frente a la gravedad de lo que sucede afuera. Torrente Presidente no inventa nada; simplemente lo nombra, lo exagera, lo vuelve visible. Y es en ese descaro donde reside, si se quiere, su perverso encanto.

Al salir del cine en la Gran Vía, aquella tarde de hace años, la luz del sol me pareció demasiado limpia para lo que acababa de ver. Pero al caminar unos metros y cruzarme con el primer grito, el primer empujón o el primer gesto de soberbia gratuita en una mesa de café, entendí que Torrente no estaba encerrado en la pantalla.

Estaba esperando afuera.

La jugada de Segura es esa broma pesada que te deja un sabor agrio en la boca: nos reímos de la camisa manchada de Torrente sin darnos cuenta de que, mientras tanto, somos nosotros los que le estamos pagando la tintorería.

 

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