Cuando pasó? De la organización transformadora, a la soledad del algoritmo. Columna de Opinión de César Malato.
Nunca hubo una generación con tanta “conectividad” y, al mismo tiempo, con tan poca experiencia de comunidad real.
Miles de pibes pasan más horas hablando con una pantalla que con alguien cara a cara, pero el problema no es que “se aislaron”: es que les dejamos un mundo donde salir, juntarse, militar, participar o simplemente estar con otros se volvió caro, inseguro o emocionalmente agotador.
Mientras discutimos si el celular les quema la cabeza, nadie quiere hablar de la parte incómoda: hay un modelo de sociedad al que le conviene más un joven scrolleando solo en su pieza que organizándose con otros para preguntar por qué su futuro es cada vez más chico.
No estamos frente a un problema generacional sino frente a un modelo económico y social negador de oportunidades, que empuja al aislamiento.
La hiperconectividad no apareció por arte de magia: creció al mismo tiempo que un mundo más individualista, más competitivo y más precario.
Hay menos laburo estable, menos certezas, menos horizontes claros. Cuando el proyecto de vida se vuelve frágil, el refugio se achica y se vuelve privado.
La habitación reemplaza a la plaza, y la pantalla reemplaza al encuentro. El aislamiento no es un error del sistema, es una consecuencia bastante lógica de cómo está funcionando.
También cambió la forma en que se interpela a las juventudes: antes se las pensaba como estudiantes, trabajadores en formación, sujetos con un rol social y político por construir; hoy se las mira, sobre todo, como usuarios.
Usuarios que consumen contenido, que generan datos, que sostienen negocios digitales con su atención.
Las plataformas no necesitan ciudadanos críticos ni vínculos solidarios: necesitan tiempo de pantalla. Así se va moldeando una generación hiperestimulada, pero con menos experiencias de organización real, menos espacios donde practicar la solidaridad concreta y la discusión colectiva.
Al mismo tiempo, se fue achicando el territorio de lo común: donde antes había clubes, centros culturales, bibliotecas populares, organizaciones barriales, unidades básicas, hoy muchas veces hay servicios pagos y suscripciones.
El tiempo libre dejó de ser un espacio de encuentro y pasó a ser un mercado de entretenimiento personalizado. El mensaje de fondo es claro aunque no se diga: no te juntes, consumí. Salváte solo. Lo colectivo no sirve. No hay mas causas justas.
Y si encima la distribución equitativa de los recursos brilla por su ausencia, cada salida, cada actividad, cada espacio compartido se vuelve un lujo para pocos.
La esquina, la plaza, el club eran lugares donde se aprendía a convivir, a discutir, a compartir códigos, a resistir, a protestar, y también a construir identidad política.
Hoy gran parte de esa socialización la organiza un algoritmo que decide qué vemos, qué nos indigna, qué nos hace reír y con quién interactuamos.
No es un detalle técnico: significa que buena parte de la vida social juvenil está mediada por corporaciones globales que no tienen ningún compromiso con el tejido comunitario ni con el desarrollo de vínculos más humanos, menos que menos con identidades emancipatorias nacionales.
En ese combo de soledad, frustración y precariedad, crecen con facilidad los discursos de odio: jóvenes más aislados, con menos experiencias reales de diversidad y convivencia, pasan horas en entornos digitales donde alguien siempre está dispuesto a ofrecer culpables simples y soluciones mágicas.
Cuando falta comunidad concreta, cuando no hay redes de afecto cercanas —familiares, barriales, institucionales— es mucho más fácil que el enojo se canalice contra un “otro” inventado que contra las desigualdades estructurales.
La política también tiene lo suyo en esta historia: durante años se fue retirando de la vida cotidiana de las juventudes. Se dejaron caer espacios de participación, de encuentro, de formación, de militancia cercana. Muchos pibes hoy no tienen un club, un centro de estudiantes activo, una organización cultural o social en su barrio, pero sí tienen redes y plataformas que los capturan durante horas todos los días.
Después sorprende que las identidades políticas se formen más por influencers que por experiencias colectivas de solidaridad, discusión y construcción compartida.
Todo esto, además, tiene un efecto anestésico: una sociedad con jóvenes cansados, ansiosos, sobreestimulados y aislados es una sociedad con menos energía para organizarse y reclamar.
No porque a las juventudes no les importe nada, sino porque están agotadas y fragmentadas.
El entretenimiento infinito funciona como sedante: calma por un rato la angustia, tapa la falta de perspectivas, distrae del malestar que genera vivir en un contexto donde la distribución equitativa de los recursos parece una promesa lejana y el afecto social —el sentirse parte, cuidado, necesario para otros— se vuelve cada vez más escaso.
Tal vez la discusión de fondo no sea cuántas horas pasan frente a una pantalla, sino qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando la solidaridad se debilita, la comunidad se rompe y el único refugio que ofrecemos es una conexión wifi y una suscripción mensual.
Porque ningún algoritmo puede reemplazar del todo algo que sigue siendo una necesidad básica: el afecto, el encuentro y la experiencia de que la vida se comparte con otros, y no se scrollea en soledad.
Columna de Opinión de César Malato
