“Cuando los Pueblos agotan su paciencia, hacen tronar el escarmiento”. (J.D. Perón). Columna de opinión de Cesar Malato

No es la cola la que mueve al perro.

Cuando un gobierno necesita apagar el incendio social con nafta, no estamos ante un error: estamos ante un plan.

¿El Gobierno es consciente de que está echando combustible sobre un fuego que crece? ¿O, peor aún, está buscando que la pradera arda para retirarse cuanto antes, victimizado y con los bolsillos llenos tras los negocios y la corrupción acumulada?

Los actores, en rigor, no son nuevos. Cambian los nombres, no el libreto. Hoy el mascarón de proa es Javier Milei; ayer fueron Martínez de Hoz con la dictadura de Videla, Galtieri, Massera y Agosti; luego Menem, De la Rúa, Macri. Todos, en definitiva, instrumentos descartables de un mismo proyecto económico: la expoliación sistemática y la enajenación de nuestros recursos soberanos estratégicos.

Las consignas se repiten con una precisión casi mecánica: Estado mínimo, libre mercado irrestricto, garantías absolutas para el gran capital, salarios a la baja, redistribución regresiva del ingreso, apertura indiscriminada de importaciones, destrucción de la industria nacional, asfixia del productor agropecuario, entrega de áreas estratégicas y endeudamiento constante. Nada nuevo bajo el sol del neoliberalismo. Nada que no haya terminado, una y otra vez, en crisis, pobreza y frustración.

Pero esta vez el experimento avanza un paso más allá. Se combina el ajuste con represión, la quita de derechos con la criminalización de la protesta, las calles vaciadas por el miedo, las causas judiciales y los presos por luchar. Se intenta instalar, casi como un mandato infantil, que “lo peor ya pasó”, mientras la vida cotidiana de las mayorías se vuelve cada vez más difícil.

El Gobierno articula recortes y medidas antipopulares que no hacen más que exacerbar el malestar social, condenando a millones al deterioro sanitario, educativo y laboral. Y en ese marco, nuestras democracias vuelven a estar bajo ataque. No solo con métodos tradicionales —operaciones, bloqueos, desestabilizaciones— sino también mediante un “bombardeo silencioso”: la destrucción del Estado desde adentro. Se erosionan nuestras capacidades colectivas, nuestras instituciones, nuestros recursos y hasta nuestro ánimo como sociedad.

Los indicadores son contundentes: caída del consumo, deterioro del empleo, retroceso social generalizado. Y, en paralelo, también cae el apoyo al Gobierno. La imagen de Milei se resquebraja a nivel nacional y regional, y comienza a perder incluso el respaldo de su núcleo duro. Ese que resiste en las buenas y en las malas.

Sin embargo, en medio de esta crisis profunda, el Presidente eligió pasar días celebrando en Israel junto a Benjamín Netanyahu, acusado internacionalmente por crímenes de guerra. Entre bailes, abrazos y lágrimas, mientras la Argentina se hunde, la escena resulta tan obscena como reveladora: desconexión total con el drama social que atraviesa su propio pueblo.

A esto se suma la decisión de sostener a funcionarios cuestionados por corrupción. El caso de Manuel Adorni, con inconsistencias patrimoniales, viajes sin declarar y un crecimiento inexplicable de bienes, es apenas un síntoma. Milei, junto a Karina Milei, parece decidido a ignorar advertencias internas y externas, incluso frente al derrumbe de su propia legitimidad.

La crisis también se expresa en el plano institucional. Internas feroces, clima de intriga permanente y una deriva autoritaria que encuentra en la prensa un enemigo a disciplinar. Esta semana, en un hecho sin precedentes en democracia, el Gobierno retiró acreditaciones y restringió el acceso de periodistas a la Casa Rosada. No sorprende: fue el propio Milei quien, meses atrás, amplificó el mensaje “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.

El cuadro es agobiante. La sucesión de medidas contra el pueblo es tan extensa que cuesta jerarquizar. Endeudamiento creciente, pérdida de derechos, deterioro del tejido productivo, ataque sistemático a las juventudes —cada vez más estigmatizadas y criminalizadas en lugar de ser contenidas—.

Frente a esto, no alcanza con la indignación aislada. Es necesario transformar ese malestar en conciencia y organización. Construir descontento activo frente al desastre, plantarse ante el atropello, defender el trabajo, las PyMEs, la producción nacional. Pero también recuperar algo más profundo: el sentido de comunidad.

Porque el futuro no se construye desde el odio ni desde la crueldad. Se construye desde la política entendida como herramienta de transformación, desde la solidaridad, desde la ampliación de derechos.

De eso se trata, en definitiva, el tiempo que viene: de volver a encender las energías populares, de reconstruir esperanza donde hoy hay desencanto, de abrazar a nuestras juventudes en lugar de castigarlas, de volver a creer que otra Argentina es posible.

Más amor, menos odio.
Más política, más derechos.
Menos motosierra, menos crueldad.

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