“Las mentiras, desnudas ante nuestros ojos y oídos” Columna de opinión de César Malato

“Cantando al sol como la cigarra,
después de un año bajo la tierra,
igual que sobreviviente,
que vuelve de la guerra”. (María Elena Walsh)

Las mentiras están claras ante nuestros ojos y oídos. Sin embargo, la pregunta insiste, incómoda, persistente: ¿Qué elementos nos faltan para reconocer lo evidente? ¿Qué más necesitamos para admitir que las falsedades ya no se esconden, sino que se exhiben a plena luz?

¿Estamos en guerra contra Irán? ¿Argentina ha declarado la guerra contra Irán? ¿En qué momento se tomó una decisión de semejante magnitud sin que el pueblo lo sepa, sin que el Congreso lo debata, sin que la institucionalidad lo respalde?

Y en el mismo plano de interrogantes urgentes: ¿Cristina Fernández de Kirchner está presa ajustada a derecho? ¿Existen pruebas contundentes que justifiquen su detención? ¿Puede nuestra democracia tolerar condiciones de reclusión que, según se denuncia, resultan incluso más gravosas que las aplicadas a genocidas? ¿Puede el Estado de Derecho admitir semejantes atropellos a las garantías básicas?

Hace más de dos años que Javier Milei manipula —según estas denuncias— los índices del INDEC, particularmente las cifras de inflación. ¿Es real el número que se nos presenta? ¿Estamos verdaderamente frente a un índice cercano al 3% mensual o se trata de otra construcción discursiva sostenida desde el poder?

A su vez, emergen audios, videos, documentos. Pruebas que —valga la redundancia— buscan probar la existencia de una trama de sobornos que involucra a Karina Milei, al propio Javier Milei, a Diego Spagnolo y a empresarios del sector farmacéutico. Se habla de coimas, de desvío de fondos destinados a medicamentos y tratamientos para personas con discapacidad. ¿Hace falta algo más para interpelarnos como sociedad?

La acumulación es abrumadora: cientos de miles de documentos, contratos por millones de dólares, audios de protagonistas centrales. Un entramado que se presenta como escándalo internacional, como una estafa de dimensiones globales que vuelve a señalar al presidente y a su entorno más íntimo. ¿Falta algo más para poner en evidencia el uso de la investidura presidencial con fines de enriquecimiento? ¿Para advertir el empleo de recursos del Estado —incluidos los medios públicos— al servicio de prácticas corruptas?

En paralelo, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, afirma que el disparo contra Pablo Grillo estuvo “bien hecho”. Una declaración que, por sí sola, condensa la gravedad del momento: la negación de lo evidente, la validación de la violencia estatal, la naturalización de prácticas represivas en lo que debería ser una democracia plena.

Las pruebas, otra vez, están: filmaciones, pericias, registros de sobreprecios en la compra de equipamiento para fuerzas policiales y federales. Y, sin embargo, las respuestas oficiales parecen girar en torno a la negación sistemática. Patricia Bullrich y Alejandra Monteoliva —se señala— mienten ante cámaras y micrófonos, incluso amparadas en sus investiduras institucionales. ¿Qué más falta para que la sociedad saque conclusiones?

El escándalo de la criptomoneda “Libra” agrega otra capa. Tras hacerse pública la estafa, aparecen nombres, vínculos, visitas a la residencia de Olivos, contactos directos con funcionarios. El empresario Harren Davis surge como figura clave en esta trama internacional, con registros que lo conectan con el poder político argentino.

A esto se suma la ya célebre entrevista concedida por Javier Milei al periodista Jonatan Viale, interrumpida por Santiago Caputo en pleno desarrollo, bajo el argumento de que el presidente estaba respondiendo “mal”. La escena, más que anecdótica, resulta reveladora. ¿Hace falta algo más para exigir explicaciones? ¿Para reclamar que Karina Milei, Federico Sturzenegger, Luis Caputo, el propio presidente y su círculo más cercano comparezcan ante la Justicia y el Congreso?

Lo evidente, a esta altura, deja de ser una cuestión de pruebas y pasa a ser una cuestión de voluntad. No quiere oír quien no quiere oír. No quiere ver quien elige no ver. Las evidencias están ahí, al alcance de todos, disponibles para quien decida asumir el desafío de mirar de frente.

También hay una responsabilidad colectiva. Como ciudadanos y ciudadanas de una democracia en vigencia, nos corresponde corregir, marchar, manifestarnos, participar. Fortalecer un sistema que es de todos, pero que hoy aparece erosionado, infectado por una lógica autoritaria y por prácticas que degradan lo público.

Habitamos una democracia enferma, tensionada, colonizada por sectores que —según esta mirada— no tienen bandera ni patria, y que parecen ajenos al bienestar de sus pueblos, no solo en Argentina, sino en buena parte de Latinoamérica y del mundo. A través del voto o de otros mecanismos, se les ha otorgado poder a dirigencias que reproducen lógicas de saqueo, de negocio, de entrega.

Y, sin embargo, muchos todavía creen. Muchos siguen creyendo.

Pero incluso en ese escenario, la historia enseña que los ciclos no son eternos. Que lo que hoy parece oculto, mañana emerge. Que lo que hoy se niega, mañana se confirma.

Nuestras verdades, y con ellas nuestra democracia, van a volver a renacer. Con la fuerza de quienes no se resignan. Con la energía de quienes insisten.

Como la cigarra.

 

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