Los therians no pueden tapar el sol (ni la quita de derechos). Por Cesar Malato

Habrá que decir, aunque incomode, que una parte significativa de la dirigencia política, económica y social —inclusive académica— se ha olvidado del sentido profundo de para qué están nuestras democracias y para qué fueron creadas nuestras democracias como sistema de convivencia, de respeto a los que piensan distinto, inclusive de inclusión con las minorías segregadas y marginadas por un sistema económico hegemónico, cruel, y que se impone fundamentalmente a través del poder del dinero y del que tiene más, el que tiene más recursos y el que acumula más recursos.

Se ha olvidado que la democracia no nació como una formalidad procedimental ni como un simple mecanismo electoral cada dos o cuatro años, sino como un pacto de convivencia que garantizara pluralidad, respeto y ampliación de derechos.

Fue concebida para evitar la ley del más fuerte, no para consagrarla bajo nuevas formas institucionales favorables para las minorías que concentran las riquezas a costa del esfuerzo colectivo.

Habrá que decir también que parte de la dirigencia política, fundamentalmente económica, gremial y social que cree profundamente en las divergencias, en el respeto a las opiniones distintas y en que no hay mejor sistema que las democracias -fundamentalmente cuando se profundizan sus mecanismos de participación, de organización y de construcción comunitaria, solidaria y en redes en nuestras comunidades- esa dirigencia más honesta, más consciente, más imbuida en valores democráticos, políticos, económicos, solidarios, tiene -tenemos- y sufrimos, una tremenda impotencia por la imposibilidad de torcer los rumbos, fundamentalmente porque la ciudadanía en sucesivas elecciones ha transferido poder institucional, en este caso que estamos sufriendo en estas coyunturas, legislativo, para que el poder económico más concentrado, a través de sus representaciones como los partidos libertarios y otras expresiones de derecha, hagan impunemente una tabula rasa de nuestros derechos sociales, cívicos y económicos, conquistados durante décadas en Argentina y en Latinoamérica.

La paradoja es dolorosa: en nombre de la democracia se utiliza la legitimidad del voto para erosionar el entramado de derechos que protegía a las mayorías.

Quienes integramos esas dirigencias -y esas militancias- que tenemos una formación en valores, que hemos sufrido, lamentablemente, lo que significa no tener derechos cívicos, sociales y económicos o no poder expresarnos desde ningún ámbito periodístico de difusión de nuestras opiniones a través de medios masivos, de gremios, de centros de estudiantes, de centros académicos, de partidos políticos, nos formamos con otra idea de qué iban a ser nuestras sociedades, de los sistemas de justicia, de distribución de las riquezas, de asignación de derechos, de retribución justa al trabajo, al esfuerzo, a la solidaridad, a tender una mano a aquel que lo necesita y que no la tiene.

Esa experiencia nos marcó. Nos formó con la convicción de que la justicia debía ser real y no declamativa, que la riqueza debía distribuirse con equidad y que los derechos debían ampliarse, no restringirse.

Nos enseñó que nadie se salva solo y que una comunidad se mide por cómo protege a los más frágiles.

Lo que ha pasado esta última semana ilustra hasta qué nivel las élites de expresión del poder concentrado económico global están dispuestas a hacer valer este poder transitorio que transfirió un sector del electorado -41%, como siempre lo remarcamos- para arrasar con derechos, pero aparte para falsear cifras, como en el caso del INDEC ( Instituto Nacional de Estadística y Censos) para decir que a ellos no les interesa lo que den las cifras realmente de inflación y que van a ocultar a través de diversos mecanismos de cálculos falseados las cifras reales de cuántos pobres y cuánta inflación hay actualmente en nuestro país.

No es solamente una discusión técnica; es una disputa por la verdad pública, por el derecho de la sociedad a conocer la realidad sin maquillajes ni manipulaciones, y por los índices que se aplican, por ejemplo, a la recomposicion salarial.
Sin datos confiables no hay políticas públicas serias; sin diagnóstico honesto no hay solución posible.

Venimos —como dice Calle 13— con los de atrás, venimos con los que sufren de abajo. Vamos a concentrar todas nuestras energías, nuestros esfuerzos, nuestras capacidades de organizar, no sólo la articulación de las luchas, de todas las luchas en las calles, sino también de construir inteligentemente desde todos los ámbitos en los cuales nos expresamos, redes solidarias, redes de expresión política multisectorial que respeten las diversidades, que sean capaces de organizar nuevas inteligencias para poner freno a tanta crueldad y tanta desidia que nada le interesan los que se van cayendo del sistema, los que van quedando atrás y quienes aún tenemos esperanzas en que las democracias son los mejores sistemas para desarrollar armoniosamente nuestras comunidades.

No estamos en contra del capital, sino que estamos a favor de un vínculo armonioso entre el trabajo y el capital, entre el empresario genuinamente que quiere invertir y generar laburo, generar organización económica armoniosa y los derechos de las y los trabajadores y su justa retribución. Por ello vamos.

  • Cesar Malato

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